21 de agosto de 2012





Aquí tenemos a dos jóvenes encantadores. Estaban sentados y sus miradas se han encontrado. Él dice hola. Ella dice hola. Ella sonríe. Él, nervioso, se apoya ora en un pie, ora en el otro. Se percibe algo sutil en la atmósfera. A ella le encantan sus facciones. Le intriga la curva de sus labios. Se pregunta si podría ser él, si podría mostrarle las partes más secretas de su corazón. Existe entre ellos algo endeble y delicado. Ambos pueden sentirlo. Es algo parecido a la electricidad estática. Débil como la escarcha.
¿Qué haces tú?
Tenemos tres caminos. Primero: nuestros jóvenes enamorados pueden intentar expresar lo que sienten. Pueden intentar cantar eso que han oído cantar a sus corazones.
Ese es el camino del loco honrado, y es un mal camino. Esa cosa que hay entre ellos es demasiado trémula para hablar de ella. Es una chispa tan débil que hasta el aliento más suave la apagaría. Aunque seas inteligente y sepas expresarte, estás condenado al fracaso. Porque si bien sus labios quizá hablen el mismo idioma, sus corazones no.
El segundo camino es más prudente. Habláis de cosas sin importancia. Del tiempo. De la última obra de teatro que habéis visto. Pasáis un rato juntos. Os dais la mano. De ese modo, poco a poco aprenderéis el significado secreto de las palabras del otro. Así, cuando llegue el momento podréis hablar añadiendo un significado sutil a vuestras palabras, para que haya entendimiento por ambas partes.
Y luego está el tercer camino. Percibes que hay algo entre vosotros dos. Algo maravilloso y delicado. Y como aspiras a tener certeza en todo, decides forzar la situación. Tomas la ruta más corta. Mejor cuanto más sencillo, piensas. Y te lanzas sobre los pechos de esa joven.

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